17 nov. 2010

III

—A veces, he dudado sobre el amor y esas tonterías acerca de los enamorados —dijo Alexandra mientras lo miraba. —A veces, he tenido la sensación de que eso nos lo han impuesto esas películas absurdas de Disney y esos dramas románticos en los que tienes que llorar al final gastando millones de clínex.

Él la miraba con atención, cada gesto mientras hablaba, leía de sus labios y no perdía detalle alguno de cada palabra.

—A veces, he tenido la sensación de que el amor no estaba hecho para mí… —lo mira —Ya sabes, que yo no soy (era) nada romántica, ni me gusta(ba) estar amarrado a nadie por miedo al daño y soy (era) muy independiente. Además de que me agobié enseguida, y al principio me sentía muy amarrada… Pero supongo que el tiempo hizo lo suyo…
— ¿Tú crees? —Le preguntó.

Ella lo miró con esa sonrisa que tanto iluminaba la vida de ese muchacho, los ojos le brillaron cual niño pequeño la mañana de Reyes Magos para ver sus regalos. Creo que no hizo falta más para responder esa pregunta, aún así, ella respondió.

—Yo creo que ahora mismo no hay nada ni nadie que pueda darme lo que tú me das… Me parece que has conseguido amarrarme pero bien, has conseguido que me vuelva muy dependiente que no del todo, no te ilusiones tampoco —le acarició la mejilla a Hugo. —Y, sobretodo, me has enseñado que el amor existe realmente, que simplemente tuve baches hasta encontrar lo que yo me merecía, que no cambiaría por nada del mundo lo que tengo ahora y cómo me siento. Es… es… —lo miró— Es algo que hay que sentir para entenderlo.

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